Aguilar: Chantal Mouffe, For a left populism, Londres, Verso, 2018, 93 pp.1 REVOLUCIÓN SIN REFORMA NI REVOLUCIÓN
Vol. 60, Num. 3, Año. 2020


El libro que me propongo reseñar es un texto fascinante, que hace las veces de manifiesto para una nueva izquierda y tratado de teoría política. No es el Manifiesto del Partido Comunista, pero podría haber comenzado así: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del populismo”.2 A pesar de sus escasas 93 páginas en su versión en lengua inglesa, el texto se mueve entre ambas dimensiones con una agilidad que nos recuerda a Marx y Engels o Lenin.

A pesar del reto que supone reseñarlo y en pro de la claridad, intentaré presentarlo en tres estadios: el diagnóstico del presente, que Mouffe caracteriza como un “momento populista”; una mirada al pasado de las democracias europeas, marcado por el fracaso de las izquierdas para mantenerse como una opción en la escena política; y una esperanza en el futuro, el “populismo de izquierda”. Al final, presentaré breves reflexiones acerca del caso francés y qué tanto se asemeja a lo dicho por la autora.

Un diagnóstico del presente

Un texto que, antes que nada, ofrece un diagnóstico del presente. Para entenderlo, será preciso explorar el “momento populista” y en qué medida constituye una crisis. El primero es ya un lugar común en la literatura al respecto en ciencias sociales. A lo largo y ancho de Europa, la ultraderecha ha tenido un desempeño creciente, más allá de las diversas formas en que se manifiesta, y casi en todos los casos han sido calificadas como populistas. La suerte de la izquierda no se ha visto tan acentuada; sólo Podemos, en España, y Syriza, en Grecia, han tenido cierto éxito siguiendo la senda populista.3

El momento populista, no obstante, tiene más interés para la autora como una suerte de síntoma que como el objeto en sí. En el trasfondo, Mouffe observa una crisis de la “formación hegemónica neoliberal”, inaugurada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que abandonaron la política económica inspirada en Keynes para orientarse hacia Friedrich Hayek, y que continuó de la mano de las izquierdas socialistas tras la caída del muro de Berlín. En este punto, Mouffe sigue los análisis clásicos de la crítica antineoliberal, argumentando cómo las políticas de liberalización y desregulación cargaron en forma progresiva contra los sindicatos, redujeron cada vez más el gasto social, privatizaron industrias e, incluso, recurrieron a la contracultura como un medio de control.

Esta “crisis” que presenta Mouffe debe entenderse en el sentido marxista del término: como estado catastrófico del mundo, pero también como la coyuntura para forzar un cambio. De aquí se desdobla la originalidad de su esfuerzo teórico: examinar las causas de la crisis la lleva a buscar en el pasado reciente de las mutaciones políticas y económicas de posguerra, mientras que su particular entendimiento del populismo le proporciona una esperanza para el futuro.

Una mirada al pasado

¿Cómo llegamos hasta aquí? No se podría esperar menos de una filósofa posmarxista si todos los caminos no llevaran al neoliberalismo. La implementación del viraje neoliberal se caracterizó por la desregulación de los mercados, las privatizaciones y la austeridad fiscal, que desarrollaron contradicciones y resistencias conducentes a la crisis de 2008 (p. 12). Esto se agregó a la creciente desigualdad, la deprivación económica y el endeudamiento crónico del viraje neoliberal que son, según la explicación de Mouffe, las condiciones de posibilidad de la crisis. Se han vertido ríos de tinta al respecto.

No obstante, para entender la especificidad del momento populista como expresión sintomática de la crisis, la autora identifica otra serie de procesos sociopolíticos paralelos. En primer lugar, la posdemocracia, es decir, la incapacidad de los gobiernos de tomar medidas que desafíen la gobernanza económica internacional o los intereses de las grandes corporaciones ha dado lugar a un creciente descontento en las sociedades democráticas en respuesta al déficit de representación de la voluntad popular.4 Debido a esta condición, las democracias liberales contemporáneas no dan visos de interesarse más en la demanda de igualdad que en el papel prometen.

En segundo lugar, el debilitamiento de los sindicatos y la fuerza laboral organizada ha menguado el poder de negociación de las clases populares y de resistir a las nuevas políticas laborales que progresivamente los irían orillando al extremo derecho del gradiente político. El momento histórico cumbre, para la autora, fue la larga lucha entre el sindicato de mineros del Reino Unido entre 1984-1985 (p. 29). Por último, la incapacidad de los partidos políticos de izquierda de ofrecer una alternativa creíble al neoliberalismo es indicativa de lo que denomina pospolítica, es decir, la visión de la política como un proceso de consensos que niega su dimensión conflictiva. En este punto, retoma su crítica previa a la tercera vía de Anthony Giddens y Tony Blair, quienes convirtieron el nuevo laborismo en el prototipo de las izquierdas que aceptaban que no había perspectivas más allá del horizonte neoliberal (como haciendo eco al fin de la historia de Fukuyama) y cuyo canon se propagó después a lo largo y ancho del continente.5

La esperanza del futuro

Abogar por un populismo de izquierda, por más que suene escandaloso, no es nada nuevo. Por el contrario, la situación actual la vuelve relevante. La idea fue formulada por Laclau en un par de textos seminales, La Razón Populista y el artículo “Populismo ¿qué nos dice el nombre?”, en donde se define el populismo como la construcción de la identidad sociopolítica del pueblo mediante la articulación de una serie de demandas insatisfechas vinculadas en una cadena de equivalencia. La articulación de las demandas, la consiguiente creación de una frontera antagónica entre el pueblo y las élites, y la alta movilización en torno a estos elementos son aún precondiciones del populismo. El pueblo como identidad sociopolítica surge de su enunciación, que comúnmente recae en un líder carismático que sirve de voz a la articulación.6

Llegados a este punto, para un mejor juicio del libro en cuestión, es necesario distinguir analíticamente dos dimensiones de la obra de Mouffe y Laclau: la labor de conceptualización teórica y el proyecto político partisano orientado al cambio social. La labor de conceptualización consiste, a su vez en la elaboración de una gramática de lo social “antiescencialista” y las reflexiones sobre la ríspida relación entre liberalismo y democracia.

Desde la publicación conjunta de Mouffe y Laclau de Hegemonía y estrategia socialista, en 1985, la intención era superar los impasses teóricos del marxismo en una sociedad que cada vez podía entenderse menos mediante las antiguas nociones, principalmente la clase social.7 Las identidades políticas eran concebidas de forma relacional como posiciones móviles de los sujetos que en su multiplicidad y contingencia constituyen el self. De tal suerte, la posición del sujeto obrero no es a priori incompatible con la de madre de familia, asistente a una comunidad religiosa y militante de la democracia cristiana. El diagnóstico de Mouffe y Laclau sobre el fracaso de las izquierdas era que, dado que consideraban la lucha de clases el horizonte último de la política, eran incapaces de entender y apoyar los nuevos movimientos sociales juzgados tradicionalmente como pequeño-burgueses, feminismo de segunda generación y ecologismo, principalmente.

El proyecto partisano en aquella época estribaba en la posibilidad de crear cadenas de equivalencias sobre las diferentes, viejas y nuevas, demandas insatisfechas. Bajo el paraguas de la igualdad democrática, el obrero y el asalariado caminarían de la mano de la feminista y ecologista para construir una sociedad más justa.8 En FLP, Mouffe no desecha el aparato conceptual posmarxista, pero reemplaza la idea de la equivalencia de los movimientos sociales por el poder aglutinador del populismo de izquierda, como lo explicaré más adelante.

En años posteriores, mientras Laclau preparaba sus escritos sobre populismo,9 Mouffe exploró las relaciones entre liberalismo y democracia. Sus reflexiones parten del reconocimiento de que la crítica de Carl Schmitt al liberalismo, a principios del siglo pasado, no es completamente errada como la tradición supone. Schmitt plantea que liberalismo y democracia son en principio antinómicos, pues el énfasis individualista del primero se contrapone a la visión colectivista del segundo.10 Reconocer en la democracia liberal moderna dos componentes no perfectamente armonizados, el culto a la libertad individual contra la soberanía popular, será fundamental para situar con pleno derecho el populismo en el debate por el lado de la democracia.

La dimensión partisana, enfáticamente defendida en FLP, abreva de los análisis anteriores, más no es su conclusión necesaria. Mientras que la gramática antiesencialista permite explicar sociológicamente el populismo sin recurrir a las obsoletas formulaciones de la “alianza de clases” ni a las prenociones que lo reducen a un fenómeno patológico e irracional indigno de ser estudiado con seriedad, los análisis políticos lo sitúan en el debate de la democracia liberal como un “espectro”, a veces atemorizante, a veces rejuvenecedor.11 De lo anterior, nada indica que el populismo de izquierda tenga una preminencia intrínseca frente al de derecha, ni siquiera cómo es posible distinguirlos.

Para Mouffe, ambos, de izquierda o derecha, condensan las demandas insatisfechas por el orden político. No obstante, mientras el de derecha ha buscado construir el pueblo en un nosotros exclusivo, nacionalista, racista o nativista, el de izquierda es universalista y busca inscribir demandas de quienes tradicionalmente son considerados externos a la comunidad política, como inmigrantes y la comunidad LGBTTTI (p. 24). Así, mientras los segundos abogan por la cuestión social y la igualdad, los primeros no lo hacen o sólo de forma limitada.

La tarea del populismo de izquierda se vuelve entonces “reafirmar la relevancia de la cuestión social y articular la variedad de demandas de la cuestión social” (pp. 60-61). Puesto que la construcción del pueblo está abierta a que se sumen nuevas demandas, el populismo de izquierda, al contrario de su antípoda, no niega el pluralismo liberal. Mouffe es fiel creyente de que dadas las condiciones pasadas que han llevado al momento populista actual, la construcción del pueblo en un sentido progresivo es la mejor manera de radicalizar la democracia en el marco liberal (p. 80).

For a Left Populism es la culminación de ambas dimensiones, la elaboración teórica y la esperanza confluyen y buscan ser armonizadas. Su principal pecado, la concisión con que la autora mezcla la sofisticación teórica con su deseo de transformar el mundo, es al mismo tiempo su virtud. La combinación de la teoría política y la sociología de inspiración posestructuralista con la apuesta transgresora del neoliberalismo y el manual para la nueva izquierda resulta en una propuesta exótica en tiempos de agoreros del fin de los tiempos y apologetas del statu quo. La propuesta de Mouffe, en cambio, forma parte de una crítica mesurada y sofisticada en el balance de lo que hay que cambiar y preservar. Desprecia el dilema clásico entre “reforma o revolución” y recurre mejor a citar a Jean Jaures y su “reformismo revolucionario” (p. 46).

De vuelta al presente: Francia como estudio de caso

Son dos las razones por las cuales elijo Francia como el caso cuyas características permiten entender el planteamiento teórico de Mouffe: la primera, porque es innegable que Mouffe conoce la política francesa al dedillo y tiene cierta relación con el más prominente izquierdista radical francés, Jean-Luc Mélenchon;12 la segunda, su conocimiento del tema en Francia supera con mucho el análisis que pudiera hacer de otro país.

Francia cumple cabalmente con las descripciones del “momento populista”. Le Front National (Frente Nacional, FN), nacido en 1972 como el vehículo electoral de la derecha nacionalista revolucionaria, poco a poco ha aprendido el juego de la democracia y se ha convertido en un partido populista en toda regla bajo el liderazgo de Marine Le Pen.13 Su auge electoral da buena cuenta de ello: de haber captado 0.8% de los sufragios en la elección presidencial de 1974 ha pasado a consolidarse como la alternativa más fuerte frente al establishment, tras atraer a 21.3% de los electores en las presidenciales de 2017.

El pasado ha sido documentado ampliamente. La elección en 1981 de François Mitterrand marcó decisivamente un antes y un después para la izquierda francesa. Tras dos años de fallido “relance keynesiano”, el socialismo se plegó a los tiempos de liberalización económica mientras el comunismo abandonó la alianza en el poder y empezó su lenta decadencia. Mientras la izquierda ha dejado de ser la expresión de los intereses de las clases populares,14 la ultraderecha del FN ha ocupado su lugar con un discurso político donde reparte responsabilidades entre las élites y los inmigrantes, y aboga por un programa de recuperación de trabajos, protección social y fortalecimiento del Estado.15

Es, sin embargo, el futuro el que parece menos promisorio. En Francia, el paladín del populismo de izquierda es Jean-Luc Mélenchon, un antiguo comunista y Front de Gauche que ahora comanda La France Insumise, un partido político de izquierda radical comprometido con la estrategia del populismo. No obstante, Mélenchon se ha encontrado siempre muy por debajo del rendimiento electoral de Le Pen y, muy a pesar de compartir el ideario con Mouffe, confiesa expresamente las dificultades de recuperar el voto popular si se presenta como “de izquierda”.16

Balance final

Haber resumido el texto en tres momentos: presente, pasado y futuro, tiene la ventaja de poner en relieve lo comprensivo de la argumentación. Sin embargo, no todos los estadios tienen la misma consistencia. La lectura que hace Mouffe del presente es incontestable, los análisis del pasado se cumplen siempre que nos atengamos a su advertencia de que escribe para Europa occidental y desde una perspectiva crítica, pero el futuro (a falta de oráculos) es donde aparecen más dudas.

¿Por qué el populismo de izquierda, casi escolar, debería ser más atractivo que la espontanea búsqueda del chivo expiatorio en el discurso de la ultraderecha? La experiencia reciente de Europa lleva a pensar lo contrario. La figura del migrante, el otro en su expresión paradigmática, funge mejor como “exterior constitutivo”17 del pueblo que la oligarquía neoliberal, más abstracta y fantasmal.18 En este ámbito, la competencia es difícil: desde un punto de vista estético, lo moralmente malo se ha relacionado, tradicionalmente, con la fealdad;19 la comunidad, nos dice una teoría antropológica en boga, está fundada en el sacrificio que la exime de culpas y la deposita en alguien más allá.20

Adicionalmente, en el registro teórico, Mouffe tiene razón al afirmar que la construcción del pueblo no necesariamente se deriva en ni es propicia para crear una visión unitaria y cerrada del pueblo.21 Sin embargo, nuevamente la falta de referentes empíricos concluyentes deja flotando en el aire la lógica del texto. Tristemente, la historia reciente de la construcción del pueblo ha sido casi infaliblemente exclusionista. Su construcción universal queda para el dominio de la utopía.

Por último, la aparición intempestiva de los gilets jaunes (chalecos amarillos) en el horizonte político francés nos hace cuestionarnos si, mejor que el populismo, Mouffe haría bien en retomar aquella otra hipótesis que dejó a finales de los ochentas: la radicalización de la democracia por la vía de los movimientos sociales.

El tiempo lo dirá.

Notas

1 Para fines de economía verbal, me referiré al texto con sus iniciales: FLP, de For a Left Populism. La referencia a las páginas de este libro las colocaré en el texto entre paréntesis para agilizar la lectura.

2 Así comienzan una serie de libros al respecto, entre ellos: Ghita Ionescu y Ernest Gellner, Populism. Its Meaning and National Characteristics, Londres, The Macmillan Company, 1969.

3 Círculos políticos donde se advierte un fuerte influjo del pensamiento de Laclau y Mouffe. Por otra parte, fuera de Europa, Andrés Manuel López Obrador, recién electo presidente de México se autoadscribe a la izquierda y es denodadamente populista.

4 En este punto, Mouffe sigue a Colin Crouch, Post-Democracy, Cambridge, Polity, 2004.

5 Esta crítica fue expuesta de forma comprensiva en Chantal Mouffe, En torno a lo político, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011.

6 Ernesto Laclau, La Razón Populista (2ª. ed.), México, Fondo de Cultura Económica, 2006. El tópico es materia de todo el libro, más la relación entre la articulación de demandas y la construcción del pueblo se encuentra desde las páginas 97 y ss. Una versión reducida del argumento puede consultarse en Ernesto Laclau, “Populismo. ¿Qué nos dice el nombre?” (pp. 51-70), en El populismo como espejo de la democracia, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2009.

7 El alcance del libro es mucho mayor. Mouffe misma hace notar en FLP que la ambición última del texto era actualizar el corpus teórico de la izquierda para comprender los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo y poscolonial, fundamentalmente). Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia (3ª ed.), Buenos Aires,Fondo de Cultura Económica, 2010.

8 Después de los primeros tres trabajosos capítulos de refinamiento conceptual le sigue un cuarto donde se aborda la cuestión: “Hegemonía y radicalización de la democracia”, en Laclau and Mouffe, ibid.

9 Continuación y rebate de su temprano análisis en: Ernesto Laclau, Politics and Ideology in Marxist Theory, Londres, NLB, 1977.

10 Para este particular, véase Chantal Mouffe, “Carl Schmitt y la paradoja de la democracia liberal”, en Chantal Mouffe (ed.), El desafío de Carl Schmitt, Buenos Aires, Prometeo, 2011.

11 La expresión es de Benjamin Arditi. Véase Benjamín Arditi, “Populism as a Spectre of Democracy: A Response to Canovan”, Political Studies 52, núm. 1 (2004), pp. 135-43, https://doi.org/10.1111/j.1467-9248.200 4.00468.x

12 No sólo la política, sino la vida intelectual francesa ha sido muy cercana a Mouffe y Laclau. Ambos abrevan fuertemente del posestructuralismo francés (Michel Foucault, Jacques Derrida, Jacques Lacan, etc.) y la teoría política del país (Louis Althusser, Claude Lefort y Jacques Rancière principalmente). Además, han debatido intensamente con autores que, aunque no siempre franceses, también se han inspirado por el mismo zeitgeist intelectual (Judith Butler, Slavoj Zizek, Antonio Negri y Alain Badiou). Por otra parte, es explícito el reconocimiento que hace Mouffe en este texto a Mélenchon quien (entre otros) “ha contribuido al desarrollo de mis argumentos”.

13 Después del Freiheitlichen Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria), Le Front National constituye el partido de ultraderecha con más raigambre del continente. Para este particular, me remito a dos excelentes análisis de la metamofósis del partido bajo el liderazgo de Marine Le Pen. Véase Michel Eltchaninoff, Inside the Mind of Marine Le Pen, Londres, Hurst & Co., 2018; Cecile Alduy y Stephane Wahnich, Marine Le Pen Prise Aux Mots. Décryptage Du Nouveau Discours Frontiste, París, Seuil, 2015.

14 Thomas Piketty demuestra cómo en Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se han configurado sistemas de partidos multielites, en donde los electorados de la izquierda se han desplazado de las clases populares a los sectores con más escolaridad, mientras que la derecha conserva los sectores más adinerados. Véase Thomas Piketty, “Brahmin Left vs Merchant Right: Rising Inequality and the Changing Structure of Political Conflict, Evidence from France & the US, 1948-2017”, 2018, http://piketty.pse.ens.fr/files/Piketty2018PoliticalConflict.pdf

15 Pascal Perrineau, Cette France de Gauche Qui Vote FN, París, Seuil, 2017.

16 Como afirmó en una reciente entrevista: “La palabra izquierda, ya de por sí, suscita confusión, de modo que hay que dejarla en barbecho. Hablo de la palabra, no de la idea. Soy un hombre de izquierdas. He pasado mi vida en la izquierda. No voy a cambiar ahora. Pero la palabra ya no la entiende nadie [ … ] Lo evito, porque sé que crea más confusión que claridad. Aquí estamos entre gente de buena compañía y bien informada pero no es en absoluto lo mismo cuando usted va a llamar a las puertas de un ambiente popular y le dicen: ‘Usted, ¿qué es? ¡Ah, la izquierda! No, aquí ya no votamos por la izquierda”. Véase la nota de la entrevista: Marc Bassets, “Jean-Luc Mélenchon: ‘Los tratados de la UE niegan a Francia sus necesidades’”, El País, mayo de 2019.

17 La noción de “exterior constitutivo”, que le ha salido muy cara al posestructuralismo del que Mouffe y Laclau abrevan fuertemente, supone que toda identidad se encuentra circunscrita por su no-identidad, es decir, lo que no es. Véase Henry Staten, Wittgenstein and Derrida, Lincoln y Londres, University of Nebraska Press, 1984, p. 17. Es en este tenor que argumento que en el contexto dado, el “otro” como migrante es ontológicamente superior como exterior constitutivo que la oligarquía.

18 Esta estrategia de legitimación la estudia de forma brillante Roger Bartra, Las redes imaginarias del poder político, Valencia, Pre-textos, 2010.

19 Estos tropos funcionan privilegiadamente como mecanismos de legitimación. Véase Umberto Eco, Inventing the Enemy and Other Essays, Boston-Nueva York, Mariner Books, 2013.

20 La estimulante tesis es presentada en René Girard, La violencia y lo sagrado, n.d.

21 En un sentido similar, Badiou reflexiona sobre la posibilidad de ambos usos del pueblo. Véase Alain Badiou, “Twenty-Four Notes on the Uses of the Word ‘People’”, en What is a People?, Nueva York: Columbia University Press, 2016, pp. 21-31. La tentación del populismo como negación de la pluralidad y, en esa medida, contradictoria con la democracia liberal, ha sido presentada en Andrew Arato, “Political Theology and Populism”, en Carlos de la Torre (ed.), The Promise and Perils of Populism. Global Perspectives, Kentucky, University of Kentucky, 2015, pp. 31-58.



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