Zapata: Hugo José Suárez (coord.), ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el proceso de cambio en Bolivia, México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 2018, 445 pp.1
Vol. 59, Num. 3-4, Año. 2019


El triunfo electoral de Evo Morales en 2005 y su toma de posesión como presidente de la República en enero de 2006 generó cambios profundos en la economía, la política y la sociedad bolivianas. En efecto, entre 2006 y 2018, los tres gobiernos del presidente Morales (2006-2009; 2010-2013; 2014-2018) realizaron cambios que profundizaron los logros de la revolución de 1952, en la economía, la política y la cultura. Después de un largo período de inestabilidad económica y política, marcado por la aplicación de políticas neoliberales, el régimen instalado en 2006 decidió recuperar para la nación la propiedad de la extracción de petróleo y gas, discutir y aprobar una nueva constitución, establecer mecanismos de participación popular en los procesos de toma de decisión para así canalizar las demandas del pueblo bajo una concepción de la democracia concebida como “la fuerza en la cual las personas deciden su destino hacia el futuro”.2 Es en este contexto que se inscriben las reflexiones que contiene el libro coordinado por Hugo José Suárez , ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el proceso de cambio en Bolivia, publicado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM en 2018.

Entre los temas analizados por los autores incluidos en este libro figuran los siguientes: “Orden, seguridad y limpieza el Teleférico de La Paz y El Alto: diferenciación urbana, informalidad y Estado en Bolivia”, capítulo 1, por Jorge C. Derpic; “¿Hacia la descolonización del ser? ‘Cholitas’ conductoras de televisión, misses y modelos en Bolivia”, capítulo 2, por Marianela Agar Díaz Carrasco; “¿De Chuquiago a Zona Sur? Múltiples dimensiones de un cambio vertiginoso”, capítulo 3, por Hugo José Suárez ; “Ciudadanía liberal y el reconocimiento de la diferencia como condición de igualdad”, capítulo 4, por Carmen Rosa Rea Campos; “Corporativismo, disciplina y violencias corporativas en Bolivia”, capítulo 5, por Mauricio Sánchez Patzy; “La izquierda boliviana antes del mas”, capítulo 6, por Rafael Archondo; “Jóvenes entre las dictaduras y el proceso de cambio. Modificaciones de la iniciación política en actores de clase media”, capítulo 7, por Eduardo Paz González; “Entre Kuchus, imágenes y cuerpos. ¿Literatura boliviana en proceso de cambio?”, capítulo 8, por Omar Rocha Velasco; “Teoría y práctica de un cine junto al Estado: el capítulo de los regresos”, capítulo 9, por Mauricio Souza Crespo; “Evo, Sanjinés y la épica histórica: miradas cinematográficas sobre el pasado y el presente de Bolivia”, capítulo 10, por David M. J. Wood; “La relación contenciosa entre el Estado Plurinacional boliviano y las comunidades de los Andes: el caso de las escuelas rurales en la Isla del Sol”, capítulo 11, por Mario Murillo; “El Dakar se corrió en el cielo”, capítulo 12, por Sergio Villena Fiengo; “¡Jallalla¡ Bolivia… ¿Jallalla¡ Sociabilidades descolonizadoras”, capítulo 13, por Carlos Ernesto Ichuta Nina; “Mallkus y ministros en Tiwanaku”, capítulo 14, por Lidia Iris Rodríguez; “Un rodeo: el proceso de cambio en el contexto de América Latina”, Postfacio, por Danilo Martuccelli.

En esta reseña no enfocaremos nuestra atención sobre cada uno de estos textos, sino que articularemos nuestra reflexión sobre los cambios que se iniciaron el 22 de enero de 2006, y que fueron el detonante de las consideraciones de sus autores. Estos cambios permiten comprender los aspectos que cada uno enfocó en forma específica, si bien, de una manera u otra, tratan de responder la pregunta del título del libro: ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el “proceso de cambio” en Bolivia. Dicho proceso incluyó medidas como el desmantelamiento del Estado neoliberal, la recuperación de las empresas estatales en el estaño, el petróleo y el gas, la renegociación de los cambios constitucionales a través de la convocatoria a una asamblea constituyente para resolver cuestiones relacionadas con la tierra y los recursos naturales y la redistribución de la riqueza, así como la cuestión de las autonomías regionales. Además, los resultados de las elecciones de los representantes a la Asamblea Constituyente reflejaron el apoyo de las zonas rurales al Movimiento al Socialismo (MAS), en donde fue apabullante. Después de 2006, la evolución electoral demostró que dicho apoyo se consolidó, sobre todo con el resultado del referéndum por autonomías departamentales que culminó con la aprobación de la nueva Constitución3 el 25 de enero de 2009. No obstante, en procesos electorales posteriores, si bien el capital político del MAS y de Evo Morales ha disminuido, no por ello ha dejado de tener un apoyo decisivo para el desarrollo de sus políticas. Además, la trayectoria de la economía boliviana entre 2006 y 2018 refleja un crecimiento sostenido que destaca en el contexto de América Latina.

Es importante señalar que el éxito de este proyecto estuvo enmarcado en una coyuntura en la que una serie de conflictos cuestionaron la puesta en marcha del proyecto neoliberal en diversas regiones del país. En efecto, en el año 2000 tuvo lugar la guerra del agua y, entre 2002 y 2003, la guerra del gas; ambas implicaron a diversos actores que pudieron converger en el mas para dar el triunfo a Morales en las elecciones presidenciales de 2005. También reflejaron las consecuencias de la profunda crisis que había experimentado el país después del cierre de las minas de estaño en 1985 y la aplicación del decreto 21 060 por el gobierno de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989).

Por otra parte, la implementación de las políticas neoliberales (desregulación, privatización de las empresas estales) durante los gobiernos de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989), Jaime Paz Zamora (1989-1993), Gonzalo Sánchez de Losada (1993-1997), Hugo Banzer (1997-2001), Jorge Quiroga (2001-2002) y nuevamente por Sánchez de Losada entre 2002 y 2003 exacerbaron las tensiones políticas y abrieron el camino para que los campesinos aymaras del altiplano paceño, los quechuas de la región del valle, los pobladores de Cochabamba, los gremialistas y vecinos aymaras de los barrios populares urbanos de El Alto, de Sucre y Oruro, así como organizaciones de grupos étnicos de la zona amazónica del país plasmaran una alianza que culminó en el derrocamiento del presidente Sánchez de Losada4 y en el triunfo electoral de Evo Morales. Como lo sostiene Fernando García Yapur,

La llegada de Evo Morales al poder y, con él, de la masa de campesinos e indígenas al Estado, no fue un hecho fortuito; sino, el resultado de la acumulación de experiencias que a lo largo de varias décadas fue cristalizando un proyecto que logró combinar factores históricos de larga y corta duración.5

Uno de los detonantes centrales de la transformación de Bolivia reflejó modificaciones profundas de la estructura social. Éste fue, en efecto, resultado del advenimiento de sectores sociales como los pertenecientes a la etnia aymara que, ya en el período neoliberal (1985-2003), había logrado enriquecerse e insertarse en la economía informal. Los resultados de dicho proceso de acumulación de capital y el estancamiento económico y social de las clases medias mestizas se expresaron en la transformación del escenario político y, sobre todo, en los cambios en las relaciones sociales entre blancos, mestizos e indígenas. Asimismo, la creciente prosperidad de los aymaras dio lugar a una serie de resentimientos de esas clases medias, tensión que se reflejó en la formación de intereses políticos en donde la problemática étnica ocupó un lugar central. Insistiremos en la importancia del tema del racismo en la coyuntura del gobierno del mas porque éste refleja la profundidad que alcanzan las políticas que establecieron el Estado plurinacional, las cuales constituyen hasta el momento, en nuestra opinión, una ruptura tan radical como la que tuvo lugar durante la revolución de 1952.

En este sentido, como lo documenta Carmen Rea, para la ciudad de Oruro, el 60.5% de la población del área urbana se autoidentificó como étnica, lo que implicó que el 40% restante pertenecía a las clases medias mestizas y blancas. Esa dinámica fue más fuerte en el área rural, en donde el 91.1% se declaró aymara o quechua. Además, debe subrayarse que autoidentificarse como quechua o aymara marca una diferencia, pues ello apunta a la heterogeneidad de la población indígena en el país. Así, el eje de la dominación étnica y social se antepone y determina las distinciones de clase social, cuestión central en el apoyo que recibió el mas en las elecciones presidenciales.

Por otra parte, la identidad étnica puede también ser compatible con ser mestizo. En efecto, pensarse mestizo y aparentar serlo permite evadir la exclusión y la discriminación, dependiendo de los rasgos fenotípicos de los individuos. Ejemplo de estas estrategias fue el proceso de generación de una identidad civil a través del registro de cambios de nombre: en efecto, en 1998, hubo 300 solicitudes diarias de cambio de nombre. Además, del apellido, otros elementos de la identidad como son las marcas corporales, las señas, las huellas, los colores, los tamaños, la adscripción cultural, la lengua, el territorio, la vestimenta, todo ello debidamente codificado permitió nombrar el racismo. Como consecuencia de lo anterior, en el momento inicial del gobierno del presidente Morales surgió el problema de asegurar el orden racial que se había subvertido con los enfrentamientos violentos de Cochabamba en febrero de 2007, y en Sucre y en Santa Cruz en mayo de 2008 a raíz de las elecciones de los representantes a la Asamblea Constituyente. En estos tres casos reemergieron procesos que cuestionaron la hegemonía del gobierno del mas, sin que lograran derrocar al régimen. Asimismo, paradójicamente, los agentes de esos actos violentos fueron jóvenes pertenecientes a las clases populares y a las clases medias bajas, que asumieron una identidad regional (cambas, sucrenses, cochalas) que, sin ser fenotípicamente distintos, atacaron a otros parecidos a ellos. El desarrollo de esta violencia formó parte del proceso de blanqueamiento, acto simbólico y público del rechazo de sus orígenes.

No obstante, las clases medias no reconocieron el racismo como una realidad. Consideraron ese asunto en términos ideológicos, una construcción imaginaria de sujetos que explican la discriminación racial por el resentimiento. Los que lo practican o lo racionalizan son, paradójicamente, jóvenes que, de esta manera, pretenden expresar su fracaso y su incapacidad para reconocer la “otredad”, tema central del texto de Carmen Rea en este libro. La iniciación a la política de esos jóvenes (como lo demuestra Eduardo Paz González), a la cultura cinematográfica (como lo ilustran los textos de Mauricio Souza Crespo y de David Wood) expresan posturas individuales que no reflejan situaciones estructurales. Lo que no se ve no se reconoce. Por lo tanto, no se acepta una situación que tiene que ver con una división del trabajo que, de entrada, discrimina.

Por ejemplo, la cuestión de la diferencia en la percepción de las mujeres de pollera con respecto a las mujeres de vestido es un asunto pertinente en este contexto y constituye el foco del análisis de Marianela Agar Díaz Carrasco. Vale la pena recordar que en Bolivia y Perú, desde la Colonia, las mujeres indígenas usaron una falda larga que les cubre el cuerpo de la cintura hasta los pies, con varios diseños y bordados, que se denominan “polleras”. Además, usan un sombrero de hombre, lo cual les da una presencia muy evidente en los espacios urbanos. A veces, las polleras pueden ocultar diversos artículos, de contrabando, drogas o dólares, particularmente en el tránsito fronterizo entre Bolivia y Chile. Socialmente, contrastan las mujeres de pollera con las de vestido, identificadas con las mujeres de clases medias.

Hay que destacar que la noción de “cholificación” alude al cambio cultural que experimentan los migrantes andinos al llegar a ciudades como La Paz, Cochabamba u Oruro. Se asocia también a la categoría identitaria de “cholas”, que se usa para señalar a las mujeres aymaras o quechuas que usan pollera, la cual es resultado de la adecuación del vestido español introducido en la región al final del período colonial. Entonces constituía una marca de distinción de clase, pues lo vestían las mujeres no indígenas adineradas, pero poco a poco fue siendo accesible para las mujeres de otro estrato social en los centros urbanos. En la actualidad es una vestimenta usada sólo por las mujeres de origen aymara o quechua en ámbitos rurales y urbanos. Según Juan La Cruz Bonilla,6 el proceso de cholificación se manifiesta en una movilidad social ascendente, en donde la asimilación de la modernidad y el éxito económico no han llevado a una ruptura con la cultura de origen. En efecto, a fines del siglo XVIII, la pollera cambia de connotación y, como lo afirma Rea,7 puede afirmarse que: “una chola rica resulta ser socialmente inferior que una “no-chola” de clase media baja, o más sucia que ésta, o más propensa a la infidelidad que la última”.

Así, los que niegan el racismo estructural lo hacen en función de la ilusión de la existencia de igualdad, cuyo ejemplo más gráfico es el de la señora de clase media que está convencida de que por tratar bien a su empleada doméstica, es igual a ella. Es decir, mientras el hecho de pertenecer a un grupo social dominante no genere tensiones con los subordinados, la convivencia puede existir sin mayor problema porque el que está en una posición inferior no cuestiona esta jerarquía. El problema surge cuando tal jerarquía es cuestionada por los “subordinados” que se “igualan”, es decir, cuando la “otredad” no se reconoce en el orden señorial.

En suma, el racismo es un recurso de poder que opera para legitimar la posición social privilegiada de algunos sectores sociales en situaciones donde se cuestiona que esas posiciones sean naturales y donde la posición social y la identidad del sujeto dominante están en crisis. Es un proceso social derivado de la interacción entre agentes con diferentes trayectorias de identidad en momentos de crisis, lo que los obliga a defenderse de los de abajo, de la “otredad”. Puede concluirse que el advenimiento de una persona de origen indígena a la presidencia de la República puso en duda el orden social naturalizado y fue cuestionado por los sujetos racializados. El indio de hoy dejó de ser humilde. Se convirtió en una amenaza, en un sujeto “igualado”. Es un nuevo individuo que se asemeja al que asedió a las ciudades bolivianas a fines del siglo XIX como efecto de los planteamientos de Pablo Zárate Wilka (1870-1905). Además, en esa visión, los aymaras son subversivos porque redefinen la desigualdad de ingresos que desde 2006 en adelante está étnicamente diferenciada y se localiza en espacios específicos de la geografía humana de Bolivia.

Una esfera en que esto se manifiesta es la del trabajo doméstico. Aquí se desarrolla un proceso de desindianización, que se corresponde con la denominada cholificación.8 También, puede observarse que es más fácil que un indio llegue a ocupar un cargo público que un no indio se desempeñe como empleada doméstica o albañil. No puede tomarse en cuenta solamente el color de la piel. Hay que articularlo con otros aspectos como la forma de los ojos, los pómulos, la forma de la nariz, la estatura. Asimismo, en las encuestas escolares que llevó a cabo Rea en 2013, al solicitar a los estudiantes que elaboraran árboles genealógicos de sus familias que pudieran constatar los orígenes. Estos árboles reflejaron la existencia de prácticas defensivas que permitieron ocultarlos o presumirlos. Los apellidos y la situación económica de las familias repercutieron sobre la identidad racial. Un proceso como la “indianización” de las profesiones, como la profesión de abogado, que pasó a ser concebido como un derecho, contribuyó a su desprestigio que se produjo cuando las élites las descalificaron porque constataron que había muchos indios que la estudiaban o practicaban. Éste es el caso de políticos advenedizos, como Max Fernández o Carlos Palenque que en la década de 1980 ejemplificaron esas dinámicas.

En este contexto, puede afirmarse que la evolución de la “distinción”9 en Bolivia está basada en tres tipos de capitales: el económico, el étnico y el racial. En años recientes, el capital económico se ha devaluado en términos simbólicos: el dinero ya no es fuente de superioridad social. La profesión y la ocupación laboral de los padres dejan de ser solamente indicadores de clase social y son mediados y medidos por criterios raciales y étnicos. Así, en la medida en que el capital étnico y el capital racial se han multiplicado y se expresan tanto social como políticamente, puede afirmarse que se han generado procesos de homogeneización que cambian radicalmente las formas de interacción entre los bolivianos, las cuales no existían hasta hace muy poco tiempo. Sólo cuando el capital económico dejó de ser significativo entre sujetos étnicamente distintos, lo étnico y lo racial se convirtieron en elementos de distinción relevantes. Cuando el capital económico todavía es importante, éste permite establecer distinciones de clase, entre y dentro de cada una de ellas. Sirve para legitimar un proceso de movilidad social y de blanqueamiento cultural y racial, y contribuye a evitar ser ubicado cerca del que se pretende separar y distinguir.

En la Bolivia que ha surgido después de 2006, los sujetos indígenas dejaron de ser subalternos. Ya no son tan humildes ni tan sumisos. Se igualan al sujeto dominante no gracias a sus concesiones, sino por sí solos, y no solamente en términos políticos sino también económicos. Y esto hace aparecer nuevas formas de racismo, opuestas a las que prevalecieron históricamente en el país. En este contexto, la cuestión de la “invasión” que asusta a las clases medias blancas tiene que ver con la llegada de los no pobres, pero indios, a los espacios de poder social. Al dejar de ser pobres, los indios no reproducen la relación patrón-cliente, sino que imponen una relación de igualdad. El orureño mestizo blanqueado, estancado económicamente, está más próximo del indio que del europeo, y esa proximidad es el motor para montar nuevas fijaciones y nuevas fronteras para ubicar al sujeto racializado en el lugar del no cambio, de la inmutabilidad.10

Las consideraciones de los textos de este libro compilado por Hugo José Suárez ilustran el desarrollo de una articulación entre las transformaciones estructurales y la emergencia de una nueva elite económica aymara en Bolivia. Una de las consecuencias de tal articulación se expresa en el racismo, que se genera a partir de la interacción entre esas transformaciones de tipo estructural, que tienden a modificar las condiciones materiales de dominación entre poblaciones de origen indígena y no indígena, y la reafirmación de sentimientos primordiales entre ciertos sectores de clases medias no indígenas.

Entre las transformaciones estructurales sobresalen las migraciones, la perdida de propiedades en la revolución de 1952, el afán por mantener sus estilos de vida, la alfabetización de la población aymara que dejó de ser analfabeta, la participación creciente de la población en los procesos electorales, el aumento del contrabando entre Chile y Bolivia. Los “nuevos” aymaras surgen en medio de las crisis de la década del 2000-2003 y son el actor central, como resultado de la diversificación de sus actividades económicas, y su presencia se consolida desde la elección de Evo Morales como presidente en 2005.

En suma, y en términos generales, los textos presentados en este libro exploran lo ocurrido en Bolivia desde enfoques centrados en la sociedad, la cultura, la educación, la política, y contribuyen a explicar las tensiones interétnicas no sólo en Bolivia, sino también en otros países como Alemania, Francia, Inglaterra y España. En efecto, en esos países y también en Bolivia, se ha generado una situación que contribuye a radicalizar el comportamiento electoral, dando pie a conductas racistas. El racismo, tanto en Bolivia como en Europa, aparece como resultado de una crisis de la homogeneidad social, de las relaciones sociales tradicionales, de la interacción entre sujetos que buscan diferenciarse los unos de los otros, del afán por establecer o restablecer jerarquías que les permitan dominar, controlar, someter y estructurar comportamientos.

Estas reflexiones dan fe de que los cambios inducidos en la sociedad boliviana desde 2006 han tenido efectos muy profundos, no sólo en la esfera económica o política sino, sobre todo, en la esfera cultural. Podemos pensar que el resurgimiento del racismo restablece las fronteras identitarias entre sujetos que son étnicamente distintos. Por ello, la cuestión del blanqueamiento deviene un asunto social y no tiene que ver necesariamente con rasgos físicos. Los individuos que buscan presentarse como blancos a pesar de no serlo, quieren realizar el ideal occidental y rechazan al ser inferior, al indio, al campesino andino. Por lo que el racismo opera para clasificar y jerarquizar a través de la naturalización y normalización de ciertos comportamientos sociales. Se construye un campo semántico específico, situacional, que constituye una formación racial que ha estudiado Marisol de la Cadena.11

En ese contexto, el libro de Hugo José Suárez se refiere al proceso desencadenado por la llegada de un indígena a la presidencia de la República, símbolo de la transformación radical que experimenta la sociedad, la cultura, la economía y la política en los últimos diez años. Adquiere centralidad un tema polémico como la definición del ser indio, lo cual implica identificarse a sí mismo, buscar una identidad subjetiva que puede corresponder a la procedencia o al uso de la lengua y, sobre todo, a la búsqueda (exitosa) de una representación en el sistema político, ampliamente demostrada desde 2006 a la fecha.

Notas

1 Muchas consideraciones aquí incluidas se inspiran en las investigaciones de la Dra. Carmen Rea, plasmadas en su libro, Cuando la otredad se iguala. Racismo y cambio estructural en Oruro (Bolivia), México, El Colegio de México, 2016, y en mis intercambios con Eduardo Paz González y Arian Laguna Quiroga, alumnos del Programa de Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología de El Colegio de México. Véase también, Clayton M. Cunha Filho, “El proceso de cambio en Bolivia: un balance ocho años”, La Paz, Tinkazos, núm. 35 (2014): 137-153.

2 Entrevista con Álvaro García Linera, 2018.

3 El 25 de enero de 2009 fue promulgada la Nueva Constitución Política del Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario de la República de Bolivia. Fue aprobada con 2 064 397 votos, correspondientes a 61.43 % del electorado.

4 Para una descripción novelesca del derrocamiento de Sánchez de Losada, véase, Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado, La Paz, Alfaguara, 2006.

5 La Razón, versión impresa, 10 de octubre de 2018.

6 Juan La Cruz Bonilla, “Más allá de la cholificación: movilidad social ascendente entre los aimaras de Unicachi”, Debates en Sociología, núm. 35 (2010).

7 Rea, op. cit.

8 Loc. cit.

9 Véase Pierre Bourdieu, La distinction. Critique sociale du jugement, París, Editions de Minuit, 1982.

10 Para ilustrar esta constatación, se cita la novela de Antonio Díaz Villamil, La niña de sus ojos, 1948. Para una discusión de las implicaciones de esta novela, véase Ximena Soruco Sologuren, “Teatro popular en Bolivia. La afirmación de la identidad chola a través de la metáfora de la hija pródiga”, Instituto de Estudios Peruanos, Documento de trabajo número 143, 2002, y, de la misma autora, “La ininteligibilidad de lo cholo en Bolivia”, Tinkazos, vol.9, núm. 21 (2006).

11 Véase, Marisol de La Cadena, Indigenous mestizos and the politics of race and culture in Cuzco (Peru), Durham, Duke University Press Books, 2000; Indígenas mestizas. Raza y cultura en el Cuzco, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2004; La decencia y el respeto. Raza y etnicidad entre los intelectuales y las mestizas cuzqueñas, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1997.



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