Rogelio Hernández Rodríguez, Historia mínima del Partido Revolucionario Institucional

Airée Coronado Lópeza

Foro internacional, 2018


Complejo es escribir una historia sobre el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Su gran incidencia en la vida sociopolítica del país se contrapone a la escasa información de que se dispone desde su fundación. La situación se agrava, si se consideran los constructos sociales que se han establecido a lo largo del tiempo en torno al partido, que ha sido considerado, innumerables veces, instrumento de control y sometimiento y, otras tantas, organismo vertical, homogéneo y centralizado. Sin embargo, el PRI nunca fue objeto de investigaciones que explicaran su funcionamiento y, por el contrario, se arraigaron ideas parcialmente ciertas. La del PRI, en suma, es una historia que siempre ha estado polarizada. En muchos casos, los intereses políticos han predominado sobre las interpretaciones académicas en lo que atañe a la compresión de su historia. Hablar del PRI es hacerlo de la historia de México, por lo que su estudio es fundamental para comprender muchos de los lastres, pero también de los avances, que hemos logrado como Nación.

A causa de esta dualidad, de la que poco se trata precisamente por la gran polarización, esta obra debe tenerse por un esfuerzo plausible de esclarecer algunos mitos difundidos sobre el PRI. Puede ya decirse, cuando menos, que hay una historia del Partido que no sólo desmitifica algunas creencias que circularon con el tiempo, sino que, por medio de un discurso claro y objetivo, explica el funcionamiento y la evolución del Partido que propició, en gran medida, los sucesos coyunturales más determinantes del siglo pasado, que incidieron directamente en la política moderna mexicana.

El PRI se ha considerado históricamente un partido de sometimiento y control, pero no precisamente de estabilidad política. Sin embargo, una mirada cuidadosa revela que fue tan sólo un mecanismo más del Estado para restar poder a los caudillos y fortalecer la autoridad central. El partido creado en 1929 por Plutarco Elías Calles surge con el propósito de implantar una vida civilizada que asegurara el ascenso al poder. Por la ausencia de una autoridad central reconocida y una gran dispersión de poder, el Partido tuvo como primer propósito agrupar a los revolucionarios y evitar que la presidencia se decidiera por las armas o grupos que se impusieran.

En los años treinta, los partidos no eran un hecho novedoso en México, pues había cerca de mil, aunque no había ninguno que agrupara a los pequeños partidos y sirviera a la vez para fortalecer el Estado. La fundación del PRI se puso en manos de caudillos y líderes locales, todos con una característica: la mayoría había militado en algún partido o había creado alguno. En el primer capítulo de este libro, Hernández Rodríguez destaca las ventajas de este común denominador, de entre las cuales descuella la organización que recaía en políticos experimentados que no sólo sabían fundar organizaciones, sino que también sabían cómo mantener su influencia. De forma lenta, pero consistente, el Partido fue capaz de agrupar y controlar a los caudillos para conseguir los objetivos del ejecutivo, pero no por mucho tiempo, pues después se comprendió que el Partido debía convertirse en un auténtico medio de acción y expresión de las masas. La trasformación de un organismo de caudillos a uno de masas sería la culminación de la obra de Plutarco Elías Calles. Con la paulatina integración de grupos de trabajadores, el PRI consiguió de manera natural que el Gobierno fuera del pueblo.

A la inversa de lo que pudiera suponerse, el PRI no era un organismo homogéneo, sino que se componía de varios grupos que imponían diversas prácticas, ocasionando enfrentamientos. Sin embargo, ninguna de estas diferencias puso en riesgo su permanencia hasta la alternancia. Cada presidente tenía una visión de nación y sus propios fines: Lázaro Cárdenas, considerado un presidente comprometido con el partido; Manuel Ávila Camacho, quien estimuló la producción industrial; Adolfo López Mateos, quien invirtió en la educación; Gustavo Días Ordaz, tenido por autoritario a causa del Movimiento del 1968; Miguel de la Madrid Hurtado, político incapaz de manejar las crisis internas, provocando la disidencia cardenista y la salida de una gran cantidad de priistas; Carlos Salinas de Gortari, quien privatizó de manera masiva los bienes estatales; Ernesto Zedillo Ponce de León, quien hizo del PRI su enemigo.

El trabajo realizado por Hernández Rodríguez se divide principalmente en etapas y coyunturas específicas del PRI, antes bien que en periodos históricos. Los primeros capítulos tratan del nacimiento del PRI en 1929, de su transformación en 1938, su fundación y los años de letargo en el país en 1947, las reformas de 1965 y las confrontaciones suscitadas en 1982. Las fortalezas del libro se encuentran principalmente en los temas que el autor es capaz de desarrollar con mayor fluidez, lo cual se correlaciona con sus líneas de investigación: la autonomía de los gobernadores, la reforma de 1965 de Carlos A. Madrazo, el presidencialismo en México, la alternancia partidista en México, la historia moderna del PRI y la idea de la centralización, que se desvanece a lo largo del libro como argumento válido para justificar la permanencia del PRI en el poder. Sobre este último aspecto, el autor es enfático, cuando aclara que si bien el PRI hizo del Presidente un subordinado, se contaba con amplios espacios de libertad, es decir que el Partido dio muestras de autonomía. Esta estrategia fue funcional en el ámbito local para atender necesidades prioritarias en las entidades. Como era de esperarse, los liderazgos recayeron de manera directa en los mandatarios estatales y no en la Presidencia, como las leyendas cuentan. Según explica el autor, el Presidente no era exclusivamente quien se encargaba de decidir cada una de las tareas cotidianas del partido, como tampoco de elegir a los candidatos a los puestos de elección popular, sino que la realidad era más compleja, pues se sostenía en mecanismos de operación que yacían en estructuras locales.

Según Hernández Rodríguez ha escrito en otro sitio (“La historia moderna del PRI. Entre la autonomía y el sometimiento”, Foro Internacional, 2, 2000, pp. 278-306), se crearon espacios de acción política que gozaron de una inesperada autonomía, incluso en la dirección nacional. El autor apunta que, al descansar completamente en los órganos directivos, el PRI tuvo que entregar el propio mecanismo a cada gobernador, lo que significó grandes márgenes de libertad para éstos. El límite de dicha autonomía llegaba hasta donde los programas sociales no se vieran afectados, lo que implicaba solucionar conflictos y celebrar acuerdos. De este mecanismo, se deprende la idea del autor de que el PRI funcionó en las entidades de manera completamente distinta de como sucedía en el centro del país. Fue esa autonomía la que precisamente permitió que el PRI permaneciera por tanto tiempo en el poder. Su funcionamiento adecuado en cada circunstancia y zona lo convirtió en una maquina electoral que sabía cómo ganar elecciones y, considerando las diferencias regionales, se crearon estructuras propias adecuadas a sus condiciones.

Surge de esto la idea de una maquinaria electoral eficiente, porque ésta actuaba con eficacia según las necesidades particulares que requerían los procesos de negociación interna y trabajo social de los militantes. Sin embargo, las reiteradas victorias del priismo hicieron creer que el Partido tenía una base de apoyo que siempre le otorgaba las victorias. No era el centralismo, según el autor, lo que hacía funcional al Partido, sino la separación de tareas y los liderazgos locales. La permanencia del PRI también se relaciona, en gran medida, con el desarrollo económico por poner en marcha los programas sociales. Si bien los ingresos fueron inequitativos, se estableció un nivel de vida aceptable que permitió la continuidad del sistema y de las instituciones políticas básicas. La realidad lo confirma, ya que hacia los años sesenta las votaciones a favor del partido eran abrumadoras.

En todos los sistemas políticos hay partidos, pero éstos se comportan de manera distinta según la ideología y los intereses. México se caracterizó durante muchos años por su autoritarismo, que por definición significaba una pluralidad limitada, un control sobre la oposición y la restricción de la competencia y la participación ciudadana. Un partido creado para fortalecer el Estado siempre tiene como misión preservarlo y alcanzar sus fines. Sin embargo, el PRI fue lo suficientemente sensato como para dar un margen idóneo de maniobra a la oposición, hecho que abonó a la estabilidad política. La estrategia del PRI consistía en realizar grandes reformas en materia electoral, al desatarse los conflictos sociales. El priismo fue acertado en reformas que permitieron la competencia entre partidos con la finalidad de que fungiera como válvula de escape de presiones locales.

A pesar de los problemas internos, el PRI fue capaz de subsistir por sus liderazgos estatales y su maquinaria electoral. Contrario a lo que se cree, los triunfos, en su enorme mayoría, no necesitaban del fraude. Sin embargo, conforme el país se modernizaba, la urbanización y los sectores medios se extendieron y fortalecieron. Las mayorías, en suma, se transformaron. El autor pondera las clases medias como un parteaguas en la historia del PRI. Argumenta que el desarrollo económico fue redituable para este nuevo estrato social, pues ya no eran los obreros y los campesinos quienes paulatinamente iban desapareciendo, quienes se movilizaban, sino las clases medias. Simultáneamente al crecimiento de este grupo en la sociedad, los priistas comprendían cada vez menos lo que ocurría. Fueron muchos los políticos de distrito los que no reconocieron estos nuevos sectores como fuerzas políticas importantes, lo que a la larga causó la debacle del partido.

Una parte central del libro es precisamente este quiebre entre sociedad civil y gobierno, no menos que la desestabilización del PRI en los años sesenta. Después de que el partido había logrado controlar el conflicto social por años de manera eficaz, las protestas y movilizaciones se hicieron presentes de manera inesperada. Éstas eran encabezadas principalmente por estudiantes y profesores, hecho que sorprendió al gobierno, cuando se percató de que ya no era la clase obrera, sino la media, la que estaba inconforme, paradójicamente el sector protegido y beneficiado por el sistema.

La rigidez institucional, aunada a la incapacidad de comprender que la sociedad era más compleja tanto en sus demandas como en composición, impidió que el PRI se adaptara y que, por el contrario, ni escuchara ni hiciera suyos los reclamos. En consecuencia, los años sesenta en México estuvieron marcados por una explosión de movilizaciones y protestas que no cesaron, por las cuales se optó por responder con extremada violencia. El Movimiento del 1968 fue, quizá, de las muestras más grandes del descontento social y fue el ejemplo más claro para explicar la falta de vías adecuadas para la participación.

Por aquella década, el PRI ya no era lo que creía ser. Según cuenta el autor, ya no representaba a la mayoría de la población, ni sus corporaciones eran capaces de ganar con tanta facilidad los comicios electorales. Las reformas no se hicieron esperar y en 1977 se abrieron mayores espacios a los partidos, permitiendo que se aligeraran los requisitos para formarlos. Fue por entonces que la izquierda mexicana cobró relevancia y se convirtió en otra opción política y electoral. La reforma también proponía la obligación del Estado de financiar la operación de los partidos, con la finalidad de que no se pusiera en riesgo su supervivencia por la falta de recursos.

Parte sustancial del libro es el ascenso de Miguel de la Madrid Hurtado a la presidencia en 1982, período en el que inició la sustitución de la élite política tradicional por el dominio de la tecnocracia, la cual buscaba principalmente la estabilidad política y económica. El autor menciona que la valía de la tecnocracia no recaía en sus habilidades políticas, sino en el conocimiento especializado. El derrumbe económico hizo posible que esta nueva clase política ocupara el poder y una fuerte inflación, el estancamiento del Producto Interno Bruto y los restringidos ingresos públicos afectaron gravemente los programas del Gobierno, en particular los sociales. Paradójicamente, éste era incapaz, por primera vez en su historia, de garantizar el crecimiento económico.

Los tecnócratas acrecentaron la crisis del priismo en muchos sentidos, pues hubo un desmantelamiento de su ideología y falta de compromiso social, así como una incapacidad para postular candidatos y competir en elecciones. Con un discurso que se concentraba en las formas de control del gasto público, la crisis del PRI se agudizó y la oposición se benefició. Con la llegada de la tecnocracia, la derecha se fortaleció, porque el discurso de entonces era propio de esta corriente ideológica, antes bien que de la Revolución. De tal suerte que la tecnocracia es clave en el conflicto interno del priismo, pues terminó por expulsar a los viejos priistas y dio vida a la izquierda. En palabras del autor: ambos partidos sin identidad, pero el sistema electoral ganó una opción más. Hernández Rodríguez apunta de forma acertada que en las elecciones de 1988 no compitieron, según afirma el romanticismo político, la izquierda y el PRI, sino que compitieron el PRI revolucionario, históricamente comprometido con la sociedad, y el PRI conservador tecnócrata, que no lograba embonar entre los ciudadanos.

En estas circunstancias, el PRI conservó el poder a un muy elevado costo: la división de su partido. Las elecciones presidenciales lo confirmaron, pues Salinas de Gortari ganó con el 50.5 %, resultado grave, si se lo compara con las preferencias con las que contaba en el pasado, las cuales oscilaban entre el 80 y el 90 %. Con la alternancia del año 2000 en la presidencia, la hegemonía del PRI finalizó tras setenta años. La derrota representó un golpe muy fuerte para el partido, a grado tal que se llegó a pensar que desaparecería. Sin embargo, no ocurrió de este modo, porque la maquinaria partidaria seguía viva. Por esos años, el partido gobernaba en más del 50% de las ciudades capitales de los Estados y contaba con representación en la Cámara de Diputados federal y estatal.

Hernández Rodríguez apunta que, al cabo de los años, el PRI aprendió a competir, pero nunca resolvió sus problemas estructurales en cuanto a reglas claras y liderazgos. Con todo, la falta de reglas ha permitido al Partido, según la coyuntura en que se halle, competir y postular candidatos sin ser cuestionado. La flexibilidad, en suma, ha garantizado triunfos.

Es un hecho no puesto a discusión que, en todas sus etapas, el PRI ha funcionado como un recurso del ejecutivo para ganar elecciones por medio del control de las masas. Acertadamente el autor describe la historia del Partido como una permanente tensión entre el principio de sometimiento y de subordinación, es decir una disciplina incondicional.

La victoria presidencial del PRI, en 2012, se debió casi del todo a la capacidad del Partido de postular a un líder que proyectó capacidad y autoridad para establecer acuerdos. El Partido aprendió del pasado, al reconocer la realidad y comprender que no podía continuar con prácticas arcaicas tanto en la Presidencia como en las gubernaturas.

La maquinaria electoral y la militancia local, fortalezas del Partido, representan en la actualidad un gran desafío a causa de la desaprobación de la administración de Enrique Peña Nieto. Se espera que este rechazo influya de manera significativa en el Partido en vísperas de los próximos comicios del año que corre. No son pocas las encuestas según las cuales la popularidad del actual mandatario es la más baja desde 1994. Las razones son diversas: mal manejo de la comunicación, alza de los precios de los combustibles, gobernadores priistas relacionados con actos de corrupción, de los cuales incluso algunos están presos hoy en día.

La sociedad, una vez más, podría dar una lección al PRI. Sin embargo, la fragmentación de la oposición, en particular la del Partido de Acción Nacional (PAN), podría beneficiarlos. Aún no se ha cuantificado el beneficio como para restar votos a Andrés Manuel López Obrador, líder del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y de la izquierda mexicana, quien ha competido en dos ocasiones por la presidencia, en 2006 y 2012, sin éxito. Por su historia, el PRI es un constante adversario y el único partido con auténtica presencia nacional, en todos los Estados y sus municipios. A lo largo del tiempo, los comicios han confirmado, una y otra vez, que está más presente de lo que sus adversarios quisieran.

Tengo para mí que faltó al autor haber ahondado en el priismo del Estado de México, toda vez que el Partido ha gobernado en él desde siempre y sin alternancia alguna. Se desprende de este hecho que es un solo grupo que cambia de líderes, lo cual se antoja verosímil, si se considera que el actual gobernador de la entidad, Alfredo del Mazo Maza, es nieto de Alfredo del Mazo Vélez, quien la gobernó entre 1945 y 1961, e hijo de Alfredo del Mazo González, quien lo hizo entre 1981 y 1986. Asimismo, su primo, el actual presidente de México, Enrique Peña Nieto, la gobernó también entre 2005 y 2011. La dinastía política ha suscitado especulaciones, según las cuales las elecciones no son ni libres ni equitativas, es decir que en la entidad no se compite en igualdad de condiciones. A pesar de que el PRI ha resultado vencedor, una y otra vez, en las elecciones para gobernador desde finales del siglo pasado, se ha presentado una mayor competencia política y mayor pluralidad de partidos en el Congreso Estatal, lo que, con todo, no ha propiciado la alternancia.

El tema es amplio, complejo, sobre el que, sin duda, convendrá volver, puesto que, según ha demostrado Hernández Rodríguez con esta sumaria historia, el PRI está presente tanto en la vida política como académica del país.

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Foro Internacional, 1960-. Revista trimestral de investigación científica publicada por El Colegio de México. Contacto: revfi@colmex.mx. Director: Juan Cruz Olmeda. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-1989-000000000102-102 del 13 de enero de 1989; Reserva de Derechos al Uso Exclusivo para la versión electrónica 04-2016-031810410500-203 del 18 de marzo de 2016; ISSN 0185-013X; e-ISSN 2448-6523, otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Centro de Estudios Internacionales, El Colegio de México. Carretera Picacho Ajusco 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Tlalpan 14110, Ciudad de México, México. Fecha de última modificación: 23 de mayo de 2017.

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